El Arca

Despertar a las tres de la mañana luego de una pesadilla. Deambulo una ciudad grande, todo ha sido destruido y no hay gente por la calle, llueve, llevo puesta ropa que en realidad tengo y uso, mi maleta de viaje rodando por todo ese enorme espacio sin gente. Tengo hambre y entro a un Starbucks, abro la maleta y está llena de dinero, pero no hay nadie ni nada, pareciera que se extinguió la humanidad. Solo queda una especie de sitio arqueológico de la chatarra ostentosa de las megalópolis. Una suerte Nueva York o Los Angeles donde ya partió El Arca de Noé sin lograr salvar a nadie.
Repito, desperté a las 3 de la mañana, tuve que recurrir al clonazepam, porque llegó el miedo y lo sentí real.

El arte de lavar los platos

Enterarse a las seis de la mañana que es otro día. Ves la ventana y cala ese afuera a veces nublado o escandalosamente caluroso. Sientes la necesidad de sentarte en la cama y pasar la agenda del día: eres feliz si no existe tal resaca de locura o temblor de manos o soledad de día de feriado. Al colocar el pie derecho en el suelo y sentir el frío, inicias el camino: limpias la casa aunque no te visiten, das de comer a tu compañero que ya no te acepta el concentrado y se ha mal acostumbrado a que le prepares algo, te cocinas o solo comes leche con cereal. Ves las noticias por Youtube y evitas leer estupideces en las redes sociales: los titulares reaccionarios de la cultura woke y los comentarios de los fanáticos conservadores te dan la misma nausea.
Te sientas a leer libros muy gordos de otras épocas, de siglos más inteligentes y sensibles, haces notas para tus clases, levantas la mesita frente al televisor y lavas los platos.
Luego llega la tarde, paseas a tu compañero y escuchas algún disco que viaja a través del móvil hacia tus audífonos, caminas y vuelves con pan o algo para comer: hoy no beberás alcohol y no te llegará la madrugada en la calle.
Lavas los platos, lloras un poco tu duelo en la cocina, luego, más tarde lavas de nuevo los platos, barres, sacudes, trapeas y continúas leyendo… tienes cosas que escribir, pero la novela no avanza, sabes que publicar un libro es, incluso, un autoengaño: nadie quiere leer, hoy el mundo solo necesita cosas para indignarse, caras sucias donde escupir y reivindicar su torpe superioridad moral en el circo más triste de todos los tiempos.
Ha llegado la noche, respiras, das gracias por la comida, tus alumnos virtuales te llenan el vacío de no tener una persona a tu lado aunque sea para hablar por teléfono. Estás canjeando el tocar fondo por esa conciencia  final de que cualquier cosa siempre es pasajera y de que seguirás lavando los platos hasta que la pila de tu reloj se detenga.

Silencio

SILENCIO

este silencio tanto dentro como fuera
este silencio sobre vasos transparentes
silencio conservado
silencio mito
este silencio

*

todo amor es el silencio
extraña forma que busco
extraña manera
de buscarlo a tientas

que se borren mis labios
que me escriba
que me vuelva palabras
por los días de los días

*

el silencio es la precaria
tabla que fricciona
al cerrarse la puerta
de mi cuarto

me rodean persianas
insectos y libros

me asombra la soledad
que radica en la decisión
de sentirme quieto
mas no tranquilo

*

pienso en guardar silencio
regalarte un poco de silencio
no escucharás nada más de mí
ni siquiera mi respiración

fuera de las calles y lejos de la gente
la nueva piel renace

Café



Tengo frente a mí esta hoja y una taza de café que llevo a mi boca y reacciona con mi aliento; la coloco sobre su porcelana y se queda reflejando una luz distorsionada.

El lugar está vacío, parece estarlo siempre. Una mesera anciana me atiende, llega despacio como si tuviera toda la vida para llevarme la carta, me ve con recelo y masculla “¿Qué va a tomar?” luego se va arrastrando los pasos.

A través de la vitrina de pasteles miro a la gente, todos van desviando la mirada, perdidos, buscando algo que comprar.

No tengo ganas de levantarme de la mesa, pagar con centavos e irme con la hoja en blanco; tampoco quiero seguir recorriendo la ciudad en busca de un trabajo.

Hoy salí más temprano que ayer, casi de madrugada. Siento que la sangre me hierve, el sol fue una hornilla sobre mi cabeza.

Escribir, escribir y seguir escribiendo como un acto de redención, como si no estuviera aquí, como si la vida no fuera una mierda. A veces me escucho y me espanto: soy sombrío, no se puede andar vivo de esa forma, es algo peligroso para la salud y la moral. En momentos como éste me doy cuenta que el fastidio está en el tiempo y en la pesadumbre de tener deseos y verlos pulular lejos de mis manos.

Estoy pensando pendejadas. Pero qué otra cosa puedo pensar, soy un desempleado con delirios de silenciosa trascendencia, un pesimista irremediable, eso que la gente llama “un desencantado”.

Un ejecutivo acaba de entrar, pide un pastel ala anciana. Mientras lo atienden habla por su móvil, seguramente llama a su novia que, al igual que yo, piensa que es un imbécil, sin embargo le miente endulzándole el oído con apodos tiernos. Beautiful people, la raza del autoengaño producto de este sistema de zombis.

Una niña viene a mi mesa, tendrá unos 5 años aproximadamente y no parece contener una sola vitamina en todo el cuerpo, camina temblorosa, con unas flores en las manos, no le puedo comprar
nada, ni siquiera me sonríe.

Las luces empiezan a encenderse, la tarde se muere, se pierde. Mañana será igual o quizá encuentre algo. El dinero se me acaba y debo echarle carne a las tarjetas de crédito que no pasan un día sin llamarme, angustiarme y quitarme la esperanza.

Tal vez hoy, cuando llegue a casa, cuando Ana salga descalza a recibirme vuelva a activarse algo en mí, ese loco afán por vivir, pues nunca se cae lo suficiente; tal vez pase su mano por mi espalda y comprenda mi mal humor y mi silencio, tal vez su café sea más dulce que este sabor a exilio

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Ciudad de Guatemala diciembre 1999

(Publicado en (…) Y Once relatos breves, Editorial X, 2000

A veces cae la tristeza pero estoy bien

Acontecimientos y personas que nos dejaron algo de ternura pero nos quitaron mucho más:

la luz que teníamos en ese creer en la redención de una fe organizada

o la esperanza de un amor apacible que cerrara nuestros ojos en calma,

o sea, todo menos la voluntad nietzscheana de seguir vivos y escépticos,

ante las familias y sus afanes de cuidar sus patrimonios

o los objetivos básicos de aquellos que

ni de lejos conocieron alguna vez  la poesía.

SALVE LA SOLEDAD DE LA POESÍA.

Bajé también varias libras de peso,

dos tiempos de comida por falta de apetito y de abundancia o porque cocinar me agrada poco.

Claro, abusando siempre del alcohol y la química para despertarme o para dormir.

Siendo yo mientras no me levante del sofá y sin salir y unirme a la inhumana suerte de los peatones en estas calles.

Un hijo secuestrado por la madre,

Mi duelo silencioso y mi adiós.

El sálvese quien pueda (porque la tristeza es más contagiosa que la lepra).

Cada día concluye en la oscuridad aunque empiece con una oración de acción de gracias,

solo -por supuesto que solo o acaso conozco otra forma-

nos saludamos con mi perro que me mueve la cola y que espera que le prepare su plato

y lo saque de paseo que es acaso la única forma no escrita que tiene su propio consuelo y paz.

LOT

Y se destruyó toda aquella ciudad donde alguna vez fue feliz. Pero al escapar no hizo caso a la voz que le advirtió que no viera hacia atrás, mas no pudo evitarlo, puso su mirada en aquel lugar destruyéndose y de inmediato se convirtió en una estatua de sal… Las horas de sol, grano a grano, la derritieron hasta dejar un charco de lágrimas y olvido que se fue secando.

Pequeños sacrificios

La niebla rompe la luz y el calor destruye la niebla.
El amor es imaginario.
El tiempo es imaginario.
El tiempo y el amor solo son reales cuando se juntan.
Pero no me sorprende
que la historia desprecie
los pequeños sacrificios

Ver «𝗕𝗶𝗼𝗴𝗿𝗮𝗳𝗶́𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗶𝗺𝗮𝗴𝗶𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻» en YouTube

LAROUSSE



Gabriel García Márquez recuerda el día en que su abuelo le dio un diccionario y le dijo: “Este libro nunca se equivoca”. El futuro novelista observa el grueso tomo y le pregunta al anciano: “¿Y como cuántas palabras tiene?”. “Todas” fue su respuesta inmediata.

En mi casa tuve un diccionario que pasó de mi abuela a mi madre hasta terminar en mis manos. Un Pequeño Larousse Ilustrado, que en la última página tenía un colofón que lo fechaba en 1938. Era un objeto extraño, un pesado y bello libro de páginas amarillas a punto de romperse. Miles de palabras, fotos y mapas. Fue el primer libro que abrí en mi vida, comencé a leerlo y me perdí antes de acabar la A. Sus letras eran cursivas pequeñas hilándose unas con otras hasta el infinito.

Me recuerdo abriendo en clase mi viejo diccionario. Los demás chicos de Segundo Primaria llevaban algo más portátil, unos Sopena de bolsillo que eran tan delgados que podían doblarse. No me gustaban, presentía que les faltaban demasiados significados. Para mí un objeto que careciera de significados no valía la pena. Mucho de eso llevo resguardado hasta el presente. Dar con la palabra justa, es dar con esa palabra que vale tanto como una pregunta, como una respuesta, como una realidad.

En un presente que adolece de sin sentidos, cultivar el significado de esas palabras, hoy tan devaluadas: amor, felicidad, solidaridad, justicia, libertad… es acaso una digna resistencia. Una claridad que deviene al saber que todos estos términos no pueden comprarse, aunque los veamos ofertados en cualquier lugar y por cualquier motivo. Mi viejo diccionario podía definir y describir estas palabras, pero jamás su más profundo significado, porque para explicarlas era necesario resumir la experiencia humana a su más profunda esencia.

Entre tanta palabrería cursi y mellada por voluntades pobres, hace falta reconducirse por una búsqueda más humana de los grandes significados. Aquello que sólo encontramos en la esencia, acaso una razón más poética que nos libere de tantas conciencias falsas, de tanto vacío, de tanta demagogia y de tanta intolerancia.

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