Estrellas muertas



Algunas veces, la vida es una piñata. Los niños maleados alrededor quieren dulces y los quieren ya. Así va quedando desgajada la belleza breve de algo hecho para ser golpeado hasta romperse. Al terminar la ceremonia, un poco de su interior queda repartido.

Las vidas mediáticas también surgen para lo mismo, para alimentar nuestras crueldades infantiles de sádicos espectadores. Desde que la televisión es televisión existen estrellas de rock. Las caderas de Elvis en la pantalla americana fueron el carpetazo que despertó a la sociedad de cuáqueros embalsamados por la publicidad de posguerra. Elvis –el joven blanco y bautista– terminó sus días en el baño de su casa encerrado por su propia adicción a los fármacos de uso controlado.

La década de los sesenta estuvo signada por un desfile de tragedias salvajes. Iconos adolescentes fueron dejando hermosos cadáveres para el culto de generaciones futuras: Jimi Hendrix, John Bonham, Jannis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones. Alcohol, heroína, anfetas, coca… El club de los veintisiete, como les llaman por coincidir en esa edad.

Las imágenes más veneradas por la juventud de las últimas siete generaciones son estrellas fugaces. Al suicidio se les han sumado el VIH o la tentación por acelerar hasta encontrar su última pared. Su muerte muy temprana impidió que viéramos el aporte de una larga y laboriosa vida. Lo triste de todo esto ha sido que entre más patéticos y ruines son los detalles de su muerte, más pautas obtienen los medios que se enriquecieron con su tragedia y su talento.

Aunque reflexionando más a profundidad, ¿acaso la muerte no es desconcertante y repentina siempre? Quisiera descifrar el mensaje que, al otro lado de la pantalla, está escrito en la triste mirada de las marionetas. Envejecer no está hecho para ellos, envejecer es la corona de los fuertes. Ojalá el talento contuviera más fuerza que tristeza.

La prueba concreta – SoundCloud

Escucha La prueba concreta de Javier Payeras en #SoundCloud https://soundcloud.app.goo.gl/s51QP

No mata

La misma luz te busca entre este y otro día. Nos separan asuntos de la tristeza. Vemos la misma tarde aunque ni siquiera llegue nuestro tacto a encontrarse. La sola mención de estas calles, hacen lo mismo con mi soledad y con la tuya. Pero respiramos y seguimos con vida.
La ausencia ya no mata.

Bombas para puentes que no existen

Una labor breve que pueda ocupar décadas en la vida de un creador es una norma cuasi-espiritual. La clara renuncia al ego artístico es un ejercicio en el que gana la humanidad entera. Agradecemos tanto los duchamps y los rulfos y los kubricks y los borges y los kavafis y los kafkas… porque no acuden a lo innecesario. Su silencio entre obras no compite para su presente, sino para lo que aún no existe.

Lo perdurable es modesto e inmediato. No atañe a los excesos si no son necesarios. Tampoco palidece en su efecto provocador. Socava territorios que aún no se avizoran. Son ideas que formulan bombas para puentes que aún no existen. En nuestra vida se atraviesan formas ilegibles. Pasamos sin comprender, sin abarcar, sin una opinión a la altura de lo que no comprendemos. Nos dejamos ir ante la perplejidad ante lo que no estamos seguros, ante eso que nos rebasa.

Nos deja el destino


Nos deja el destino una voz alta que no dice nada. Una actitud de ruido, masa, soledad y miedo diluido. Un brillo de huellas donde hubo luces, una calle donde se perdieron libros y se desnudaron paredes. Nos deja ese rostro presente en todos los cristales, ese reflejo en el bosque de los deseos, ese dolor despierto, ese largo prisma de silencio.

Esta puerta hecha con mis palabras, este todos lados, este deseo constante.

Crea tu sitio web con WordPress.com
Comenzar